- El amor me habría hecho feliz...
Suavizó el gesto, relajando los músculos de su diestra que aún sujetaba con firmeza el mentón de la tudesca. Negó con la cabeza varias veces, con la mirada perdida. Volvió a mirarla y sonrió, acariciándole los labios con el dorso de sus dedos, sumido en un trance pasajero.
- Te he añorado... - Mató esas palabras con un ligero beso, apenas un roce de labios.
Su mente voló a tiempos pasados.
Tarragona, unos años atrás
- ¡Rápido, vámonos! ¡Corre!
No muy lejos se podía oír la voz del pagès y los ladridos de varios canes. Quimet saltó del cerezo, dejando otro puñado de bermellones frutos en el cesto. Agarró tanto el asa del pequeño capazo como la muñeca de una Brynhildr que, inmóvil, reía con diversión ante la repentina y horrorizada expresión que había adquirido el rostro del catalán.
Sin duda alguna, la muchacha desconocía la fama de aquel pagès.
A toda prisa cruzaron un océano de cerezos florecidos, con los ladridos de los perros y las amenazas del campesino a sus espaldas, hasta que toparon con una tapia hecha de piedras superpuestas, una sobre otras. Quimet ayudó a la tudesca a pasar el macizo muro y le entregó el cesto de mimbre, después él mismo salvó el obstáculo.
El muchacho se inclinó, doblando la espalda ligeramente para apoyar las manos en las rodillas. Respiraba con agitación, jadeante, sin dejar de sonreír a Brynhildr.
- Dame un segundo... - Musitó, recuperando un poco el aliento.
Entre risas y a media carrera se alejaron de allí por el camino de tierra cuando el malcarado labrador llegó al otro lado del muro, aún increpándoles.
Siguieron el camino que iba directo de la Huerta de Tarragona hasta la ciudad, pasando por el puente del Francolí y se sentándose finalmente en una de las orillas del río, apartados del camino.
Quimet lavó las cerezas en el agua y se tumbó al lado de Brynhildr.
- Deberías haberte visto... - Reprochó ella, riendo. - Tu cara era un poema. - Continuó burlándose, imitando los ademanes de Quimet exageradamente.
- ¡De haber visto a esa manada de perros no dirías lo mismo! - Se intentó defender, con una pizca de fingida ofensa en su tono.
- Jauría. Un grupo de perros es una jauría. - Murmuró, esbozando una risa inocente.
El catalán bufó y le lanzó una cereza. Pasados unos minutos las risas se extinguieron y ambos, sin dejar de sonreír, callaron, dejando que un calmo silencio hiciese los coros del sereno canto del río y el característico silbido del viento al rozar las hojas de los árboles que les rodeaban. Pero no era un silencio tenso, ni desagradable. Era un silencio apacible, cargado de complicidad, en el que ambos gozaban de la mutua compañía.
La parte más noble de Quimet brillaba con la sola presencia de la tudesca, le reconfortaba. Brynhildr en cambio, acostumbrada a las facilidades de una vida acomodada, absorbía las vivencias del catalán y las sentía como suyas. Quimet era como un libro para ella.
Posteado por Quimet.
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